En los
países de América Latina, el acceso a recursos y oportunidades está atravesado
por marcadas desigualdades: por un lado, una porción más o menos reducida de
jóvenes alcanza niveles de vida similares al segmento juvenil de los países
industrializados; y por otro lado, la situación de la mayoría se asemeja a la
de los países más pobres (
De acuerdo
con el Panorama Social de América Latina 2012 (CEPAL, 2012), la pobreza y la
indigencia en la región continúan su tendencia descendente, situándose como una
de las más bajas registradas en las últimas tres décadas, especialmente a
partir del aumento de los ingresos en los hogares pobres
si bien se
constatan recuperación y crecimiento económico en la mayoría de los países de
la región desde el año 2005, no ha resultado posible detener la expansión del
mercado de trabajo informal y el acceso inequitativo a diversos bienes
sociales.
El análisis
de la vulnerabilidad es entendida como un conjunto de aspectos individuales y
colectivos vinculados con una mayor susceptibilidad a padecer perjuicios y
menor disponibilidad de recursos para su protección
Las
vulnerabilidades, así definidas, impactan sobre la dimensión de la salud, que,
a su vez, en el caso de los jóvenes, está indisolublemente ligada a situaciones
de violencia. Una definición amplia e integral de la salud reconoce como
perteneciente a su campo problemático las prácticas, situaciones o condiciones
capaces de producir tanto bienestar como malestar en los sujetos, grupos y
comunidades

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